Capítulo 1: La cueva de los deseos.

Sigiloso. El experimentado cazador había sido contratado por los aterrorizados habitantes de aquel pueblesucho a las orillas del Bosque Negro. Una temible criatura estaba llevándose las ovejas, y algunas veces a las personas. "Lo tienen bien merecido por establecerse en estas tierras", pensaba el cazador mientras caminaba entre la maleza. 
Llevaba consigo su fiel espada y una ballesta en la mano, apuntando ya a los extraños ruidos que surgían de entre los oscuros árboles. Creía que sería un trabajo fácil, probablemente un lobo, algo que ya había cazado antes. Pero el cazador no conocía este bosque en particular, ni el pueblo que le había pagado por el trabajo. 

Un rugido potente y profundo se escuchó a su derecha. No se parecía a nada que hubiera oído antes, probablemente era un oso entonces. Agazapado, continuó avanzando en dirección al sonido; había rastros de sangre y pelo de los rebaños robados. "¡Bingo!" pensó orgulloso el cazador con una sonrisa triunfante, justo antes de caer en un abismo justo debajo de sus pies.

Se conocía como el Bosque Negro, porque los árboles se encontraban tan juntos unos de otros que no dejaban pasar la luz. Había, según cuentan, criaturas desconocidas, y la mayoría de los que entraba no regresaba, y si lo hacían, era sin alguna parte de su cuerpo. Un bosque atemorizante como en cualquiera de las historias.

Volviendo con el cazador, despertó adolorido y sangrando de la frente. Por lo demás se encontraba en perfecto estado. No sabía cuánto tiempo había pasado, no podía guiarse con el cielo, no podía asegurar que ya fuera de noche. Si la paga no hubiera sido tan buena y no tuviera la urgencia del dinero, habría permanecido en la habitación de la sucia cantina en la que se hospedaba hasta que mandaran el supuesto carruaje que debía encontrarse con él al día siguiente. Maldiciendo, se puso en pie; "un error de principiante" pensó. La ballesta estaba desaparecida, así que serían sólo él y su espada. 

Estaba en una especie de madriguera subterránea, seguro era el hogar de la criatura. Siguió el raro camino de los túneles, y para su sorpresa llegó a un amplio paraje cercado por árboles. El techo se parecía al techo estrellado, y esto le hizo preguntarse si no habría salido ya de los túneles. La respuesta llegó rápido cuando vio al otro lado del curioso campo, la continuación de los túneles. Caminó hasta él y se adentró otra vez en la oscuridad. Encontró dos parajes similares al anterior, pero en uno la luna brillaba intensamente, y el siguiente, llovía. 
Su cabeza comenzó a dar vueltas mientras atravesaba más y más túneles. ¿Cómo era esto posible? ¿Dónde estaba?

Llegó a otra salida, y alterando nuevamente su salud mental, era una simple cueva, bastante amplia, con una fogata en el centro y una figura encapuchada sentada en medio de las llamas. Se ocultó en las sombras del túnel mientras observaba como se iba descubriendo poco a poco la cabeza de una niña de no más de 12 años. Tenía el cabello negro y los ojos plateados como las estrellas de la cueva. Salió de las llamas dando saltitos, y empezó a jugar con un par de huesos ¿humanos? que había en una especie de mesa.

Decidió acercarse a hablar con ella, después de todo sólo era una niña ¿no? 
-Hola
-Hola- respondió ella
-¿Quién eres? ¿Dónde estamos?
-Soy Meli, y estamos en la cueva de los deseos.
-¿La cueva de los deseos? ¿Estás perdida?
-Si, de los deseos. Soy Meli.
-¿La bestia vive aquí? ¿Dónde está tu familia?
-Ella regresará pronto, es hora de comer.

Un rugido surgió de la oscuridad. A punto de perder la cabeza, el cazador se giró rápidamente con la espada desenvaida apuntando en dirección de la entrada de la cueva para encontrar un par de ojos amarillos devolviéndole la mirada. La criatura se acercó a la niña sin perder de vista al cazador. Era enorme, una combinación de lobo y león, negro como el cabello de ella, y con garras que rechinaban contra el piso. Traía un cuerpo sangrante en la mandíbula, el cual depositó en la mesa. Para sorpresa del cazador, la niña palmeó la cabeza de la bestia y después se arremangó para devorar las entrañas del pobre hombre.

Un sudor frío recorrió su espalda cuando ella dijo: ese es para ti si quieres. Y lo señaló con su pequeño dedo goteando sangre. La bestia se aproximó, cada vez más y más cerca. El cazador soltó la espada y echó a correr hacia el fondo la cueva con la esperanza de que hubiera otro pasaje, y lo había: era una puerta de bronce muy elegante, pero estaba cerrada. La desesperación creció en su interior. La criatura abrió su enorme boca y lo último que el pobre cazador alcanzó a ver fue a la niña sumergiéndose otra vez en el fuego y despedirse de él agitando tiernamente la mano.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Fuego

El Comienzo