Los escritores nos enamoramos.
Los escritores nos enamoramos de
todo.
Nos enamoramos de los días
nublados, y el sol resplandeciente. Caemos ante la maravilla de los atardeceres
y pasamos horas escribiendo sobre una sola estrella.
Nos enamoramos de los barcos, de
las sillas, de los perros, de las ventanas, del mar, de los lápices con los que
solíamos colorear cuando niños; del lugar donde crecimos; de la flor más
diminuta del jardín; del mundo y del tiempo.
Los escritores nos enamoramos de
todos.
Nos enamoramos de hombres, y
miles de sonetos románticos prueban que nos enamoramos de mujeres. Podemos
enamorarnos de ancianos y jóvenes, de nuestros hijos, de nuestra madre,
vecinos, compañeros, amigos, amantes; incluso de otros escritores.
Muchas veces, también nos enamoramos
de lunares, de sonrisas y de cuerpos, de olores y de cabellos, de manos
entrelazadas; dicen que estamos tan chiflados como para hacerle un poema a una
nariz. Nos enamoramos de abrazos, sobre los que no paramos de contar; de
miradas transmisoras de querer; de charlas interminables que duran años.
Los escritores nos enamoramos de
la vida, y eso no quiere decir que la alegría sea nuestra emoción favorita. Nos
enamoramos de la tristeza y la melancolía, y muchas veces nos enamoramos más de
la muerte, que de la vida
Los escritores nos enamoramos de
las palabras.
Pequeñas como: odio, paz, dolor,
sol, luz, dos, vela.
Largas como: ferrocarril,
incomprensible, sufrimiento, telescopio, biblioteca.
Rimbombantes como: palíndromo,
querella, lánguido, barbaján, inconmensurable.
Los escritores nos enamoramos de escribir, nos enamoramos de la pluma, de las letras y las estructuras; nos enamoramos de la libertad creativa y del olor de nuestro primer libro, la emoción de leer la primera página.
Nos enamoramos de realidad y
fantasía. Nos enamoramos tanto de una idea, que termina convertida en poesía.
Y, a pesar de poder amar tan
completamente, hay agonías que no se llenan ni escribiendo toda la vida, amores
rotos que no tienen costura, vacíos muy llenos de locura, y cicatrices. Los
escritores amamos las cicatrices, las heridas abiertas, esas que cuando pasas
sobre ellas tus dedos, pareciera que queman. Porque para nosotros, vivir quema,
constantemente, atrapados en la multiplicidad de varias existencias.
Los escritores nos enamoramos,
pero así, simplemente amando nuestros vicios, nadie quiere nunca enamorarse de
nosotros.
(http://ladobe.com.mx/2014/06/atencion-escritores-del-mundo-convocan-a-concursos-de-cuento/escritores-2/)

«Y, a pesar de poder amar tan completamente, hay agonías que no se llenan ni escribiendo toda la vida» :'( :'( :'(
ResponderEliminar¿O no? :(
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