En el camino del sol.

Mi espíritu se complace en extraviarse, 
y todavía no puede contenerse dentro 
de los justos límites de la verdad.
-Meditaciones metafísicas seguidas
de las objeciones y respuestas, 
René Descartes.

Te cuento una verdad absoluta: no existe ninguna verdad absoluta. 
Es que ¿qué puede ser absoluto? El universo definitivamente no; esta expandiéndose constantemente, siempre cambiando, agregando misterios a su inmensidad. ¿El amor? Se acaba o crece, así de simple.
¿La inteligencia? Para ostentar una hay que nutrirse todo el tiempo, y no tenemos suficiente.

Me encontraba volando, cerca del mar de la duda, cuando la molesta corriente de la tierra me atacó violentamente arrastrándome al suelo. Amarraron mis alas, con las cuerdas de los estereotipos. Me obligaron a vivir en su estable colonia, resistirse fue en vano, los látigos del rechazo eran dolorosos. 

Había una barda cercando el mar, a nadie le interesaba saber que había del otro lado y estaba prohibido dudar del orden, por lo tanto, esas aguas las etiquetaron como altamente dañinas y reprimieron la sed de las personas dándoles bebidas energéticas con las que los obligaban a trabajar más tiempo.

Intenté acoplarme a su estilo de vida, pero en vano. Lo grisáceo del panorama era deprimente y solo hacía que recordara con más anhelo el azul brillante y los vientos salvajes. Se dieron cuenta; me ahogaron en sus bebidas, me arrastraron a los placeres esclavizantes de su mundo, ocultaron mis alas, los rasgos que me hacían diferentes, sus risas robóticas me contagiaron. La droga era tan fuerte que me dejé llevar, comencé a creer en sus edificios grises y caminos perfectamente derechos.

Cuerpo perfecto, música monótona, vida estándar, trabajo estable, café, tabaco, alcohol, discotecas, estudia, modelos, comerciales, sonrisas enormes, ojos cansados, corre, trabaja, bebe y come, pero no demasiado. Eres muy alta, muy gorda, muy delgada, muy baja; demasiado alegre, muy depresiva, muy correcta, muy loca; eres muy floja, no seas tan activa, detente un momento, ¿por qué vas tan lento? Apabullante, desolador, muerte.

En el borde de la desesperación, mientras caminaba por la calle llena de gente con las cuencas vacías, hipnotizados, sus mentes llenas de tonterías, una pluma cayó sobre mi hombro. No reconocí lo que era, no recordaba esa textura, hasta que levante la vista al cielo y vi una gaviota alejarse por el camino del sol, mi camino. Una alerta sonó, las alarmas se dispararon, todos los ojos en mi, desquiciados. ¿Cómo me atrevía a mirar otro sitio que no fuera una pantalla, a desordenar, a generar caos en ese mundo de reglas? Eché a correr asustada, y mientras sentía en aire circular por mis pulmones, recordé mis alas. Las extendí torpemente, dolían.

La brisa me ayudó a emprender el vuelo. Ya en el aire, me deshice de los miedos, la culpa, desabroché la camisa de fuerza y tiré todo el peso de las cadenas que me colocaron para mantenerme en el frío cemento. El aire puro de arriba desintoxicó mi cuerpo, y volé; volé por encima del muro y me zambullí en el mar; volé entre las nubes disfrutando de su familiar blancura y suavidad. 

Al mirar atrás, la ciudad gris, vi a las personas, la tristeza. Grité con todas mis fuerzas pues me di cuenta de que todos ellos tenían alas, siempre ocultas, nadie nunca se había fijado en su libertad. Intenté hacerlos despertar de su sopor, pero parecía que había manos saliendo de cada aparato, sujetando con fuerza sus cabezas para que mantuvieran la vista fija en lo que les hacía daño.

Así que volé, por el camino del sol, atravesando las aguas, deseando conocer el misterio al otro lado. En el camino he encontrado a otros, algunos se cansan y regresan, otros mueren fatigados por el gran esfuerzo, pero mueren firmes con las alas extendidas. 
El camino es largo, no se que espera del otro lado, pero no cambiaría las vistas del cielo, las estrellas, la luna; ni las sensaciones del viento, la lluvia, el calor; no cambiaría el sudor de victoria, por una siesta gris y mentiras rosas.

(Foto por Sandra Arenas)

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